Primera anécdota rusa. Este año promete.

 

Tenía que ir al día siguiente a un pueblo a unos 50 km de Moscú para recoger un papel. Para ello, era necesario llegar a una estación de metro y luego salir y coger el autobús. Y así lo hice. Sin embargo, allí había varias personas (taxistas) que me aseguraban que en el autobús tendría que ir de pie durante la hora que duraba el trayecto  y que, por 50 rublos (menos de un euro) más, me llevaban en taxi. Yo acepté muy agradecido. Me monté en el taxi, donde había un sospechoso olor a tabaco que luego se sumó al de los demás pasajeros que iban al mismo destino que yo y que podrían llevar sin duchar un mes perfectamente.

Después de unos minutos de espera, se subió el conductor, y lo hizo por la puerta de la derecha, que es donde estaba el volante, como si de un coche británico se tratara. Los primeros cinco minutos cambió de carril unas treinta veces e iba mirando el móvil. Luego me pareció que íbamos demasiado rápido y, cuando miré el cuentakilómetros, vi que marcaba 175 km/h. Hacía tiempo que no pasaba tanto miedo. Puedo deciros que no nos adelantó ni un coche en todo el camino y que mi conductor raramente recordaba usar el intermitente, a pesar de tener el espejo izquierdo inutilizado por motivos obvios. Eso sí, durante la media hora que duró el trayecto, nos acompañó una banda sonora muy especial, con especial mención a esta canción:

Para más inri, la canción habla de cómo unos pocos cortijeros le quitan a su padre un coche de los años de la guerra para irse a una discoteca al pueblo de al lado. Todo un esperpento.

Las elecciones en Rusia de ayer

Una vez ya llegado a la cloaca (Rusia), me surgió la posibilidad ayer de ir a un colegio donde los residentes de la zona estaban convocados a las urnas. Fue muy interesante observar cómo funciona el sistema de votación allí. En una sala, hay varias mesas con un papel en el que pone dónde debe depositar el voto cada persona. La división se realiza por edificios, es decir, dos o tres edificios votan por cada mesa. Otra cosa que me llamó mucho la atención fue que las cabinas donde se rellenaba a boli el partido y el candidato que se eligen no tenía cortina. De hecho, habría podido ver lo que votaba una mujer si no estuviera más ciego que Chaúpa.

Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue que, después de firmar un papel y escribir en un folio en la cabina sin cortinas, los votantes se dirigían a una urna enormes transparentes donde depositaban el voto, esto último sin el control de nadie. O sea, que si a las 19:55 (a las 20:00 cerraba la escuela) a mí me hubiera dado la gana de echar a correr hasta la urna y meter un voto mío, todos los votos en ella contenidos habrían quedado invalidados. Aunque claro, en esta cloaca seguro que no tomarían una medida tan “democrática”.

Valorando Españistán

Cada vez que vuelvo a Españistán me doy cuenta de cosas que antes nunca habría valorado. Por ejemplo, el otro día después de haber hecho cola casi tres horas en la Alhambra para comprar una entrada, la vendedora me dijo que no encontraba mi nombre en la lista de personas que entran gratis. Lo consultó varias veces e incluso preguntó a sus compañeras, todo ello dándome un trato de amabilidad. Acostumbrado a Rusia, donde se habrían lavado las manos y me habrían gritado, no podía creer lo que veía. Me ocurre lo mismo cuando voy a comprar algo a la farmacia, y la farmacéutica me cuenta cómo le ha ido el día mientras me sonríe. En Rusia ni me habrían mirado a la cara y me habrían despachado de mala gana, si no con una patada en el culo.

Lo que os cuento es el motivo principal por el que a los extranjeros les gusta tanto este país. Al menos, a los rusos que, acostumbrados a vivir en esa cloaca, vienen aquí y se encuentran con que en el estanco, la farmacia o el bar de la esquina los tratan no como a clientes, sino como seres humanos con sentimientos.

Siempre recomiendo vivir en el extranjero a todo el mundo. Te cambia. Te mejora. Yo, por ejemplo, cuando vuelvo a Españistán me siento como un inválido que, habiendo pasado por un estado de completa inmovilidad, se ha recuperado y se siente más consciente que nunca de lo que significa no ser un tullido.