Mi última conversación en la residencia

Tenía que devolver las llaves al portero de la residencia. Era lo único que me quedaba para dejar el lugar donde había vivido los últimos nueve meses de forma definitiva. Más o menos, así transcurrió el diálogo:

— Hola. Le traía la llave, que me voy ya. El llavero se ha roto —dije yo, esperando algo tipo «¡No pasa nada! ¡Buen viaje!». Aunque en realidad, sólo se había roto una pequeña arandela que unía al propio llavero con el círculo de metal donde estaban enganchadas las llaves.

— ¿¡Cómo!? ¿Nosotros te damos una cosa nueva y tú nos la devuelves rota? ¿Tú te crees que esto es normal?

— Perdone, pero no me imaginaba que fuera tan importante.

— ¿Cómo que no es importante? Antes estaba nuevo y mira ahora. Si tú vas a un supermercado y ves algo roto, ¿lo comprarías? —dijo el охранник, poniendo el típico ejemplo ruso para que veas lo mal que lo has hecho pero que ni siquiera viene al caso.

— Bueno, le pido disculpas. Pero no sabía ni dónde comprar otro nuevo.

— Esto es… demasiado. Qué mal. No me esperaba esto. La próxima vez ya sabe lo que tiene que hacer.

La conversación duró bastante más, pero repitiendo lo mismo de diferente forma.

Tras volver a disculparme, salí por la puerta pensando en lo amargados que están los rusos e intentando que no influyera en mí. Lo conseguí. Después de todo, ya eran nueve meses soportando cada día situaciones de la misma índole.

 

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