Una anecdotilla cotidiana moscovita

Por fin había recibido el papel con el que podría tener el metro gratis y me dirigía a la ventanilla para entregarlo. La cajera, al ver mi papel, empezó a hacer aspavientos y poner una cara de «¿¡pero cómo se puede ser tan gilipollas!?», al tiempo que, sin dejar de gritar tras el cristal, sacó un papel —escrito a mano, por supuesto— en el que, durante los tres segundos que pude verlo, me dio tiempo a leer «en la otra entrada». Aquello, por una parte, me relajó, pues ya era oficial que no era el único extranjero que no entiende una puta mierda cuando le hablan tras las ventanillas; por otra, me desconcertó un poco porque no sabía dónde tenía que ir, pues ella me señaló en dirección opuesta a donde está la otra entrada del metro cuando le pregunté dónde quedaba ésta.

En fin, lo que viene siendo una anecdotilla cotidiana moscovita. Aunque os aseguro que vivirla fue bastante más interesante que lo que mis pobres dotes literarias pueden transmitir.

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