Historias aldeanas

Corrían los años 90. Mi primo era por entonces mi mejor y peor amigo. Aquel día eran las fiestas de mi barrio y los dos fuimos a dar una vuelta por la aldea. Empezamos a charlar como siempre solíamos hacer y empezamos a hablar de lo importante que era tener unos buenos dientes y lo difícil que es mantenerlos sanos, pues, como niños que éramos, nos gustaba mucho comer chucherías.
La conversación pareció haberle dado una idea pues, de repente, me convidó a chucherías. Él nunca solía invitarme a nada y yo me quedé muy sorprendido, pero acepté pensando que era un lapsus del momento. Me compró todo lo que quise y, cuando me lo comí todo, volvimos al kiosko a comprar aún más. Yo comía y él miraba. Cuando ya no me cabía ni una gominola más, me dijo: «Bueno, ¿qué vas a hacer ahora? Has comido un montón de chuches y ahora se te van a picar todos los dientes. Yo voy a tener una sonrisa perfecta y tú los tendrás llenos de caries».

Yo me asusté y no sabía qué hacer. De repente, se me ocurrió la solución. Teniendo en cuenta que estábamos a dos pasos de casa, ¿por qué no ir a lavarme los dientes en un momento y luego volver? Me levanté del poyete donde estábamos sentados y corrí a casa. Cuando mi primo se enteró de lo que había hecho, no le cabía la rabia dentro del cuerpo y empezó a llamarme «ioputa» y amenazarme.

¡Ay, qué lindos recuerdos de inocencia infantil!

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