Aventura en tren ruso

Era sábado y había terminado mi jornada laboral. Tras dejar las cosas en casa y almorzar deprisa y corriendo, me precipité a la estación, donde me vi obligado a comprar un billete de ida y vuelta ya que la máquina no admite tarjeta de crédito ni da cambio de más de un euro.

El tren llegó puntual y tomé asiento. Tras una media hora de marcha, el tren se paró repentinamente en mitad de la nada. Pasaron 20 minutos cuando una voz distorsionada que apenas se podía entender dijo que seguiríamos parados otros 15-20. Pasado este tiempo, el tren volvió a echar a andar y el maquinista avisó que el tren no llegaría a su destino (Moscú) sino que se quedaría en una estación intermedia cuyo nombre no recuerdo. Los pasajeros tendríamos que salir del tren y esperar 15 minutos a que pasara el siguiente.

Yo empecé a hacer cuentas y decidí que ya no merecía la pena ir a Moscú para llegar tan tarde, así que salí en la estación cuyo nombre no recuerdo y decidí esperar una hora al siguiente tren de vuelta. Sin embargo, no estaba seguro desde qué vía tendría que cogerlo, pues allí no había estación ni taquillas. Por no haber, apenas había luz. Todo estaba sumido en la oscuridad y decidí hacer uso de la lógica para adivinar de dónde tendría que coger el tren.

Tenía una hora para conocer la lúgubre ciudad donde el destino me había traído, así que decidí dar un paseo. Todo estaba lleno de nieve derretida, charcos y suciedad. No había ningún lugar donde resguardarme del frío, así que decidí entrar a un edificio donde había pequeños comerciantes, pero tampoco tuve suerte para encontrar un lugar donde comer algo y sentarme. Abrí mi mapa y, para mi sorpresa, aquello era el centro de la ciudad. Esa zona llena de tiendas de móviles y shaguarmas, apenas iluminada y sin aceras estaba en pleno centro. En aquel momento comprendí que realmente me encontraba en el Tercer Mundo.

Al final opté por comprarme un shaguarma, tras lo cual se me acercó un mendigo que me decía algo incomprensible. A la tercera vez que le pedí repetirme lo que decía, pude discernir la palabra “dinero”, así que saqué un euro y se lo di, pues me daba mucha lástima que alguien tuviera que vivir en un lugar como ése. El indigente me deseó salud, amor y всего самого лучшего. Yo le sonreí con reciprocidad.

Mi tren llegó y pude encontrarlo porque pedí a una amiga que me recogiera. Quedamos en el último vagón para que fuera más fácil.

Yo le conté lo agradecido que estaba por no haber tenido que comprar otro billete de vuelta y haber podido utilizar el mismo que ya tenía. Por supuesto, ni se me había pasado por la cabeza ir a quejarme por lo acontenido. Además, ¿a quién habría dirigirme? Allí no había ni estación. De todas formas, después de tres años de superviviencia en este país, ya tenía más que asumido que sería inútil hacerlo. Por eso sólo podía alegrarme por no haber tenido que comprar otro billete de vuelta.

Y así transcurrió un día normal y corriente lidiando de nuevo con el transporte de esta cloaca de país.

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