Los fontaneros rusos

Me tocaba pagar la factura del agua y la luz y fui a anotar lo que marcaban los contadores. Cuál fue mi sorpresa al ver que goteaba el tubo del agua caliente. Llamé a la compañía del agua, a la que tuve que asegurarle que estaba a punto de salir en canoa para que me hicieran algo de caso. Al rato sonó mi teléfono, donde pude distinguir una voz masculina que me decía algo en un idioma desconocido. Supuse que no podrían ser otros que los fontaneros que me habían prometido. Al abrir la puerta me encontré con dos personajes de ropa ancha con varios agujeros y manchas. Uno de ellos era viejo y el otro algo más joven. El primero se agachó para ver la tubería y, tras tres segundos de reloj, aseguró que necesitaba adquirir un nuevo “regulador” —o así lo llamó él. El joven le pidió al mayor echarle una ojeada, tras lo cual propuso intentar algo para solucionar el problema. Mientras el joven estaba ocupado con eso, el viejo no dejaba de gritar en un ruso muy bajuno que qué pollas hacía, que yo tenía una mierda de instalación y que había que cambiarlo todo, que el joven no tenía ni pajolera. La situación me recordó a las películas yanquis con “el poli bueno y el poli malo”.

Después de ver que lo que había pensado no solucionó el problema, el viejo me pidió hablar con el casero, al que también le aseguró que la tubería era una mierda (sí, con esa palabra). Con ese tono de mala uva, le explicó que tendría que ir a la tienda a comprar la pieza que estaba rota, hacer una petición en la compañía para que volvieran a cambiarla y luego esperar a que los fontaneros encontraran un hueco para venir pues, al parecer, no tenían recambios consigo, como de esperar. El casero le pidió las medidas para que no le tocara venir expresamente a él a medir la pieza, a lo que el fontanero malauva contestó: “Yo aquí no tengo na pa medir esto”. Yo le enseñé la cinta métrica de costura que tenía y me respondió: “Yo qué pollas voy a medir con eso”. La llamada terminó y me devolvió el celular.

Antes de irse, el joven, al que antes apenas había visto y que resultó tener una dentadura amarillenta y ladeada, me señaló al ordenador y me decía algo que no podía entender. Al repetírmelo unas pocas veces con su sonrisa bobalicona, comprendí que lo que me estaba proponiendo era echarnos una partida a un juego de tanques.

Surrealismo total.

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