Anécdota en un banco ruso

Llevaba ya un tiempo sin escribir, ¿eh? Es lo que pasa cuando no tienes lectores y escribes para ti.

Bueno, hoy os voy a relatar una historia que me ocurrió mi penúltimo día en la madre Rusia, concretamente en la ciudad de San Petersburgo.

Fui al banco porque quería sacar 70.000 rublos para cambiarlos a euros antes de marcharme a Españistán, pero no pude hacerlo porque mi tarjeta de crédito tenía un límite diario para sacar dinero. Me dirigí a una chica que había en un mostrador a la entrada, y ésta a su vez me mandó a la ventanilla. Cuando llegó mi turno, el banquero, tras comprobar largo rato todos mis datos, me dijo que no podía sacar dinero porque yo había obtenido mi tarjeta en Moscú y no en San Petersburgo. Tras intentar deshacerse de mí con esa frase, le pregunté si había alguna forma de poder sacar la cantidad que necesitaba. Él me contestó que tenía que abrir una cuenta de ahorros con mi tarjeta de crédito y que entonces podría transferir el dinero a ésta y luego sacarlo sin ningún tipo de comisión. Como yo no sabía cómo se hacía aquello, me dirigí a la chica de la entrada de nuevo, quien tampoco tenía ni pajolera idea de cómo se hacía y se dirigió a su compañero para que la asistiera un par de veces durante el proceso. Cuando por fin terminé, volví a esperar mi turno para volver a la ventanilla, donde me informaron de que la cuenta de ahorros que había creado era moscovita y que entonces seguía sin poder sacar el dinero. El banquero, tras mucho insistirle, me aconsejó hacerme una tarjeta de crédito peterburguesa, hacer una transferencia entre mis cuentas y posteriormente sacar el dinero sin ninguna comisión. Así pues, cogí otro ticket y me puse a la cola donde se tenía que hacer la tarjeta, lo cual llevó unos 20 minutos. Más tarde, me dirigí a la chica de la entrada, quien no sabía lo que pasaba y tuvo que dirigirse de nuevo a sus compañeros. Cuando volvió con la supuesta solución, resultó que cobraban diez euros por la transferencia que me habían asegurado era gratis. Tras mucho intentarlo, se rindió y me volvió a mandar a la ventanilla, donde me dijeron que los datos de ambas tarjetas no coincidían (probablemente porque habían escrito mi nombre de forma diferente con respecto al que yo tenía en mi cuenta moscovita). Acepté hacer la transferencia con comisión, pero luego resultó que yo no recordaba la palabra clave que fijé al hacerme la cuenta en el banco y que, según pude averiguar este mismo día, servía para algo. Posteriormente, ya hasta los cojones de la incompetencia rusa, le pregunté si había alguna forma de hacer aquello, tras lo cual la chica emitió un incómodo silencio. Y, habiendo cerrado y bloqueado mi tarjeta y cuenta peterburguesas, me fui de aquel banco al que me juré nunca volvería más que para sacar todo mi dinero y cerrar mi cuenta.

Todavía recuerdo el día que recibí mi tarjeta de crédito moscovita. Tenía un examen de ruso y nos dijeron que teníamos que ir al banco para pagarlo. Al llegar allí, nos fueron guiando paso a paso para efectuar el pago. Todos y cada uno de nosotros, sin saberlo, recibimos una tarjeta de crédito y una cuenta en dicho banco.

Así funcionan las cosas en este país infernal.

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