Valorando Españistán

Cada vez que vuelvo a Españistán me doy cuenta de cosas que antes nunca habría valorado. Por ejemplo, el otro día después de haber hecho cola casi tres horas en la Alhambra para comprar una entrada, la vendedora me dijo que no encontraba mi nombre en la lista de personas que entran gratis. Lo consultó varias veces e incluso preguntó a sus compañeras, todo ello dándome un trato de amabilidad. Acostumbrado a Rusia, donde se habrían lavado las manos y me habrían gritado, no podía creer lo que veía. Me ocurre lo mismo cuando voy a comprar algo a la farmacia, y la farmacéutica me cuenta cómo le ha ido el día mientras me sonríe. En Rusia ni me habrían mirado a la cara y me habrían despachado de mala gana, si no con una patada en el culo.

Lo que os cuento es el motivo principal por el que a los extranjeros les gusta tanto este país. Al menos, a los rusos que, acostumbrados a vivir en esa cloaca, vienen aquí y se encuentran con que en el estanco, la farmacia o el bar de la esquina los tratan no como a clientes, sino como seres humanos con sentimientos.

Siempre recomiendo vivir en el extranjero a todo el mundo. Te cambia. Te mejora. Yo, por ejemplo, cuando vuelvo a Españistán me siento como un inválido que, habiendo pasado por un estado de completa inmovilidad, se ha recuperado y se siente más consciente que nunca de lo que significa no ser un tullido.

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