Entrevista de trabajo en Rusia

Iba de camino a dar una clase cuando sonó mi móvil. Era ofreciéndome trabajo y la entrevista era para mañana mismo. Yo dije que sí que me interesaba la propuesta y la voz al otro lado de la línea prometió enviarme un mensaje de texto con las señas. Cuando colgué el teléfono y leí el SMS, me percaté de que no había cogido el nombre de la compañía, pero como el día anterior había estado echando currículos por internet, pensé que me llegaría un correo electrónico de la compañía, como suele ocurrir en estos casos.

Viendo que el correo no llegaba, me metí en mi perfil de la página web de búsqueda de empleo y vi que la única empresa que había mirado mi solicitud era una compañía que vende lámparas de araña a través de Ebay. Empecé a leer más sobre la compañía y su historia. En definitiva, a “hacer mis deberes”. Los que estén hasta los cojones de ir a entrevistas como yo, sabrán de lo que hablo.

Total, llega el día siguiente, me acicalo, me pongo hasta una americana, y me encamino a la entrevista. Al llegar, un grosero guardia me deja pasar por el torniquete y subo al lugar indicado, donde no había nadie que me recibiera. Tras enviarle un mensaje de texto al número desde el que había recibido la llamada el día anterior y esperar 10 minutos de pie en mitad de un tumulto de gente que no dejaba de entrar y salir de diferentes puertas como si de hormigas se tratase, aparece un hombre que ni se presenta y que me pide pasar a una habitación para rellenar un cuestionario. Tardé más o menos media hora en rellenarlo, pues tuve que escribir todo mi currículo y algunas pamplinas más. Luego vino un hombre que hablaba español y que se sentó frente a mí. Sin ni siquiera mirar lo que tanto me había costado rellenar, me explicó las condiciones laborables:

—Nuestra compañía es alemana. Hace un año teníamos tres oficinas en España. Ahora tenemos 17. No dejamos de crecer en todo el mundo. Estamos basados en Moscú porque a la compañía le sale más barato el alquiler y demás gastos. En lo que se refiere al salario, pagamos 300 rublos la hora y 150 la primera semana. ¿Te interesa?

—¿Y en qué consistiría exactamente el trabajo? —pregunté yo.

—Tendrías que vender cosmética femenina y alargadores de pene, pero nuestros clientes no pertenecen a lo que se llama una “lista fría”.

—Entonces… lámparas ustedes no venden, ¿no?

—No, lámparas, nosotros… no.

Educadamente decliné y le estreché la mano agradeciéndole el tiempo que me había dedicado, mientras ya me preparaba para ponerme la chaqueta y salir por patas de allí.

Como bien dice un amigo mío: estas cosas sólo me pasan a mí.

 

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