Los rusos: una gente excepcional

En este blog me habéis visto criticar innumerables veces la Cloaca. Y es que motivos no faltan. Sin embargo, hoy me gustaría abordar otro tema: el de los rusos en sí como personas.

Llevo ya unos meses de vuelta en Españistán y he empezado a echar de menos ciertas cosas de mi vida en la Cloaca. Una de ellas —para mí bastante relevante— son los amigos rusos. Como personas, estos eslavos son excelentes: puntuales, de palabra, formales, responsables… Una de las cosas que más me duele haber perdido es cuando quedaba con un amigo para dos semanas más tarde y éste, sin tener que recordárselo y sin haber mediado palabra en los 14 días, se presentaba puntualmente en el lugar y a la hora acordados. Aquí en Españistán los planes se hacen en el último minuto y suerte tienes si no te los cancelan 5 minutos antes. Yo, como persona puntual y seria, quiero matar a alguien cada vez que tengo que quedar con un español. A este tipo de acciones, de hecho, las llamo “españoladas”.

En lo que se refiere a las mujeres, creo que después de haber salido con una rusa jamás voy a poder hacerlo con una española. Las rusas son cariñosas, sumisas, saben escuchar, no gritan… Son mujeres que saben cuál es su lugar. (Nótese que hablo en general). Y lo que es más importante, no existen las feminazis. Al menos yo no las he visto.

Amigos, si tenéis la oportunidad de compartir vuestra vida con una compañera de procedencia rusa, no lo dudéis. Nadie os hará más feliz.

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El día en que casi me petan el ojal

Mientras los españolitos de tomo y lomo están atareados viendo el furgoh y/o tirando petardos y gritando para celebrar la victoria de su equipo, me dispongo a dispongo a contaros esta pequeña anécdota al tiempo que bebo a gañote de mi botella de Valdepeñas.

Un buen día, en VK (el féisbuc ruso) vi que un ucraniano le había dado a “me gusta” a un par de fotos mías. Al entrar en su perfil, resultó que vivía en Marbella, y, bajo la sospecha de que fuera julandrón, decidí agregarlo para paliar mi sed de amistades en esta ciudad en la que no conozco a nadie.

Tras avisarlo de que no me gustan las pollas, empezamos a conversar. A los 5 minutos me pidió que lo llamara por teléfono para charlar sobre cómo íbamos a quedar, pero, rechazando su proposición, decidí darle una segunda oportunidad y acordamos vernos el martes.

Ese martes por la mañana le escribí para concretar el sitio y la hora. Él me dijo que quedáramos en un parque, pero yo le pregunté si es que no le gustaba la cerveza. Me contestó que no tenía dinero para ir de cervezas y me ofreció “sentarnos en un banco”. Yo acepté y no volvimos a hablar hasta una hora antes para acordar definitivamente el lugar. En ese momento, me ofreció venir a mi casa en lugar de a un banco como al principio. Yo le repetí que no me gustan las pollas, a lo que él me contestó: “yo tampoco soy guéi y, aunque lo fuera, tú no eres mi tipo”. En ese momento le expliqué que no iba a quedar con él y que no tenía por qué ocultar tu homosexualidad en España, que lo que no podía hacer es hacerle perder el tiempo a la gente. No me contestó, pero creo que le di una lección. Y  lo que es más importante, mi culo estaba a salvo.

Sin ti

Qué difícil es vivir sin ti. Sobre todo en las noches.

Todo ha perdido su sentido.

Больно…

¿Cómo es posible que todo haya terminado así?

Quiero hablarte pero no sé si será mejor dejarlo como está. Por el bien de los dos.

Quizás debería olvidarte, pero sé que no podré.